No necesito que nadie me diga que he adelgazado o que he engordado. Ya lo sé. Tengo espejos en casa, noto cómo me queda la ropa y conozco los cambios de mi cuerpo mucho antes de que alguien me los señale.
Aun así, basta con reencontrarme con una persona después de algún tiempo para escuchar alguna observación: “Has adelgazado muchísimo”, “estás más rellenita”, “se nota que te estás cuidando” o “antes estabas más delgada”. A veces se dice como un cumplido. Muchas otras, casi por costumbre, como si señalar el peso fuera una forma natural de comenzar una conversación.
La mayoría de las veces no hay mala intención. Pero eso no significa que el comentario sea necesario ni que vaya a sentarme bien. Sobre todo porque adelgazar no quiere decir que ahora me cuide, que por fin esté haciendo las cosas bien o que antes no lo intentara. Tampoco engordar significa que me haya abandonado o que haya dejado de preocuparme por mi salud.
Puede que mi peso haya cambiado por una enfermedad, un tratamiento, una alteración hormonal o un momento emocional complicado. Puede que haya influido la ansiedad, un duelo o una relación difícil con la comida. Pero también puede que no exista un motivo concreto. Los cuerpos cambian y no siempre hay detrás una historia excepcional que los demás deban conocer. Mucho menos una explicación que yo tenga que dar.
Por eso me pregunto en qué momento asumimos que el aspecto de los demás es un tema sobre el que cualquiera puede opinar. Miramos un cuerpo y creemos saber si esa persona se cuida, está sana, come bien o tiene fuerza de voluntad. En realidad, vemos una parte muy pequeña de su vida y completamos todo lo demás con nuestras propias suposiciones.
Esa asociación entre el peso y la fuerza de voluntad está tan interiorizada que apenas la cuestionamos. Si adelgazo, parece que he sido disciplinada, constante y responsable. Si engordo, resulta mucho más fácil pensar que me he descuidado. El cuerpo acaba funcionando como una especie de examen público con el que los demás valoran si estoy haciendo las cosas bien, aunque no sepan absolutamente nada de mi día a día.
Y no es una lógica que utilicemos únicamente al mirar a otras personas. También la aplicamos a nuestro propio cuerpo. Nos felicitamos cuando bajamos de peso y nos castigamos cuando lo recuperamos. Sentimos que hemos aprobado o suspendido, como si el número de la báscula fuera el resultado exacto de nuestras decisiones y no influyeran también la genética, las hormonas, la salud mental, la medicación o el momento vital que atravesamos.
Durante demasiado tiempo hemos simplificado el control del peso con dos instrucciones: comer menos y moverse más. Bajo esa lógica, quien no adelgaza es porque no quiere lo suficiente o porque le falta constancia. Es una explicación sencilla, pero también profundamente injusta. Convierte una realidad compleja en una cuestión de voluntad y responsabiliza siempre a quien no consigue el resultado esperado.
Esta forma de pensar se ha hecho especialmente visible con la popularización de los tratamientos GLP-1. Dependiendo del medicamento y de las circunstancias de cada paciente, se utilizan para tratar la diabetes tipo 2 o para ayudar a controlar el peso en personas con obesidad o con determinados problemas de salud. Sin embargo, todavía se habla de ellos como si fueran un atajo reservado para quienes no están dispuestos a hacer las cosas “de la manera correcta”.
Y no, su función no consiste simplemente en “cerrarle el pico” a nadie. Estos tratamientos pueden ayudar a regular el apetito, aumentar la sensación de saciedad y reducir el hambre o las ganas de comer. Para algunas personas, eso puede hacer más llevadera una relación con la comida que no siempre responde a una necesidad física. Porque no comemos únicamente cuando tenemos hambre. También podemos hacerlo como respuesta a la ansiedad, al estrés o a emociones que no sabemos gestionar de otra forma.
Eso no convierte estos medicamentos en un tratamiento para la ansiedad ni significa que solucionen por sí solos todo lo que puede existir detrás de la alimentación. Pero reducirlos a una ayuda para comer menos es ignorar una parte importante del proceso: la lucha mental constante que algunas personas mantienen con la comida y que desde fuera tampoco vemos.
Se habla del camino fácil, del atajo y de la falta de voluntad. Como si pedir ayuda médica invalidara todo el proceso o hiciera que el resultado tuviera menos valor. Si una persona necesita un tratamiento y un profesional considera que puede beneficiarla, no debería sentirse culpable por utilizarlo ni demostrar que lo intentó durante suficiente tiempo antes de recurrir a él.
Durante años hemos repetido a las personas con sobrepeso que debían adelgazar por su salud. Ahora, cuando algunas encuentran una herramienta que puede ayudarlas, también las juzgamos por usarla. Parece que no basta con perder peso: además, deben hacerlo de la forma que los demás consideran correcta.
Quizá entonces la preocupación no fuera únicamente su salud. Quizá también esperábamos que pasaran hambre, que se sacrificaran y que demostraran cuánto les había costado. Como si adelgazar solo tuviera mérito cuando se sufre durante el proceso.
Eso no significa que estos medicamentos deban banalizarse ni presentarse como una solución rápida para cualquiera. Son tratamientos que requieren indicación y seguimiento profesional. También debemos hablar con responsabilidad de sus posibles efectos y de su utilización sin control médico o por motivos exclusivamente estéticos. Pero podemos hacerlo sin desacreditar a quienes los necesitan y sin convertir cada cambio físico en una pista para investigar qué está haciendo otra persona.
Cada vez es más frecuente encontrar comentarios sobre el rostro o el cuerpo de actrices, cantantes y otras personas conocidas para intentar determinar si utilizan este tipo de medicación. Basta una fotografía para que aparezcan diagnósticos, teorías y valoraciones sobre algo que pertenece a su salud y que nadie conoce realmente.
Pero esta costumbre no se limita a las personas famosas. También ocurre en una comida familiar, en el trabajo o al reencontrarnos con alguien después de varios meses. Algunas veces, el cambio de peso es incluso lo primero que se menciona. Antes de preguntar cómo estamos o qué ha sido de nuestra vida, alguien ya ha decidido decirnos que nos ve más delgadas, más gordas o “mucho mejor”.
No toda pérdida de peso es una buena noticia ni toda ganancia significa que algo vaya mal. Decir “qué delgada estás” puede parecer un elogio, pero también puede felicitar sin saberlo una enfermedad, un periodo de ansiedad o una relación difícil con la comida. Señalar que alguien ha engordado puede tocar una inseguridad, un problema hormonal, los efectos de un tratamiento o un momento emocional complicado.
Y aunque no exista ninguna de esas circunstancias, el comentario sigue sin ser necesario. No tengo que estar enferma, atravesar un duelo o seguir un tratamiento para que mi cuerpo deje de ser un asunto sobre el que los demás puedan opinar. No necesito una razón lo suficientemente dolorosa para justificar que una observación sobre mi peso me incomode.
No se trata de medir cada palabra con miedo ni de interpretar cualquier comentario como un ataque. Muchas veces no hay mala intención. Simplemente hemos normalizado tanto hablar del aspecto ajeno que pocas veces nos detenemos a pensar si la otra persona quiere mantener esa conversación.
Hay muchas formas de interesarnos por alguien sin empezar por su peso. Podemos preguntarle cómo está, cómo se siente o cómo le va la vida. Si quiere contarnos que ha adelgazado, que ha engordado, que ha iniciado un tratamiento o que está atravesando una etapa difícil, ya decidirá hacerlo. No hace falta que tomemos la iniciativa por ella.
Mi cuerpo no revela cómo me alimento, cuánto me cuido, si estoy sana ni qué está ocurriendo en mi vida. Tampoco necesita la aprobación de nadie para cambiar. Tengo espejos en casa. Sé que he adelgazado o que he engordado y no necesito que cada encuentro me lo recuerde.
Lo único que vemos cuando miramos a alguien es su cuerpo. Todo lo demás lo estamos suponiendo. Por eso, si no he decidido hablar del mío, déjalo fuera de la conversación.





