En Punta del Hidalgo, el mar ha sido mucho más que parte del paisaje. Durante generaciones proporcionó sustento a numerosas familias, marcó el ritmo cotidiano del pueblo y dejó historias que todavía permanecen en la memoria de sus habitantes. Esa relación es el punto de partida de “Punta del Hidalgo: Mar, música y montaña”, una ruta que propone acercarse a la localidad a través de las experiencias y los relatos que han contribuido a darle forma.
La iniciativa, desarrollada por la Asociación Sociocultural Cervantear junto a Turismo de La Laguna, dentro de la marca La Laguna Por Descubrir, recorre las calles de La Punta conectando distintos momentos de su pasado. La pesca, los primeros pobladores, las devociones populares y la tradición musical aparecen durante el paseo como partes de una misma historia, estrechamente ligada al lugar en el que se desarrolla.
Durante generaciones, buena parte de la vida de Punta del Hidalgo comenzó mirando al mar. La pesca llevó a muchos vecinos a conocer sus cambios, sus temporadas y sus riesgos, mientras en tierra las familias participaban de una actividad que proporcionaba alimento y sustento al pueblo. Aquella relación no desaparece al terminar la jornada: permanece en las celebraciones, en los recuerdos familiares y en las historias de quienes pasaron buena parte de su vida embarcados.
Entre ellas se encuentra la de Imeldo Barreto, vecino de Punta del Hidalgo y uno de los dos únicos supervivientes del hundimiento del Berge Istra. El 30 de diciembre de 1975, el carguero se hundió en el océano Pacífico, al sur de Filipinas, cuando navegaba desde Brasil hacia Japón. De sus 32 tripulantes solo sobrevivieron Imeldo y Epifanio Perdomo, natural de Taganana.

Ambos permanecieron durante veinte días a la deriva en una pequeña balsa. Con escasas provisiones y lejos de cualquier costa, lograron mantenerse con vida hasta que fueron localizados por un pesquero japonés. Los otros treinta tripulantes murieron, entre ellos diez canarios. El regreso de los supervivientes a Tenerife movilizó a vecinos de Punta del Hidalgo y Taganana, que acudieron a recibirlos al aeropuerto de Los Rodeos. Décadas después, su experiencia quedó recogida en el documental Los náufragos del Berge Istra.
La historia de Imeldo Barreto ocupa un lugar especial en esa memoria marinera, pero no la resume por completo. A su alrededor permanecen muchas otras experiencias menos conocidas: las salidas a pescar, el trabajo compartido, la espera de quienes quedaban en tierra y una forma de entender el océano construida durante generaciones. La ruta recupera esa relación cotidiana y, junto a ella, un episodio extraordinario que permite comprender hasta qué punto el mar ha estado presente en la vida de Punta del Hidalgo.
Desde la costa, la mirada encuentra una de las imágenes que mejor identifican a Punta del Hidalgo. El Roque de los Dos Hermanos se levanta en el límite entre el pueblo y las montañas de Anaga, con su cima dividida recortándose sobre el paisaje. Para quienes viven en La Punta es una presencia familiar, pero también forma parte de un entorno que tuvo un significado especial mucho antes de la formación del pueblo actual.

Una investigación de la Universidad de La Laguna ha recuperado para el roque su topónimo guanche: Aramuygo. El estudio no se limita a la montaña, sino que la relaciona con diferentes enclaves arqueológicos distribuidos por la costa. En lugares como La Fajana y la plataforma marina de la Punta del Güigo se conservan estaciones de canales y cazoletas cuya ubicación permite observar determinados movimientos del Sol y de la Luna.
Uno de los momentos más significativos se produce con la llegada del solsticio de invierno. Al amanecer, el Sol aparece por la abertura que separa las dos cimas de Aramuygo y su primera luz se proyecta sobre el conjunto de cazoletas de El Güigo. Esta alineación ha llevado a los investigadores a interpretar el entorno como un espacio sagrado para la población guanche, en el que el mar, la montaña y el cielo formaban parte de una misma manera de comprender el territorio y los ciclos del año.
Antes de la conquista de Tenerife, esta zona habría pertenecido a una unidad política diferenciada entre los menceyatos de Anaga y Tegueste, conocida como el achimenceyato de Addar. Sus gobernantes habrían sido Aguahuco y, posteriormente, su hijo Zebenzuí. La tradición relaciona precisamente a este último con el origen del nombre de Punta del Hidalgo: su condición de achimencey habría sido equiparada con la de un hidalgo, aunque esta explicación se mantiene entre los relatos transmitidos alrededor del topónimo y no como una certeza histórica definitiva.
Con el paso del tiempo, Aramuygo pasó a ser conocido como el Roque de los Dos Hermanos. Su nombre actual está ligado a una de las leyendas más recordadas del pueblo: la historia de dos jóvenes enamorados que habían sido separados durante la infancia y desconocían que eran hermanos. Cada uno conservaba la mitad de un pañuelo y, al unir ambas partes, descubrieron el parentesco que hacía imposible su relación. Según el relato oral, la tristeza los llevó a arrojarse juntos desde lo alto del roque.
La silueta dividida de la montaña quedó así unida a una historia transmitida entre generaciones. En un mismo lugar coinciden hoy el recuerdo de Aramuygo, la interpretación de un antiguo espacio sagrado y la leyenda que dio al roque su nombre actual. Esa acumulación de significados ayuda a explicar por qué no es únicamente una formación geológica, sino uno de los símbolos con los que Punta del Hidalgo reconoce su propio paisaje.
Junto al mar y la montaña, la música completa el recorrido y abre otra de las grandes historias de Punta del Hidalgo. La Punta no solo ha dado grandes nombres al folclore canario: durante décadas fue un semillero de cantadores, tocadores y bailadores, con una manera propia de interpretar y transmitir la música tradicional.

Buena parte de ese aprendizaje se produjo lejos de los escenarios. La música estaba presente en las casas, las reuniones familiares, las parrandas, las romerías y las fiestas del pueblo. Las coplas y los bailes pasaban de unas personas a otras mediante la observación y la práctica, creando una tradición local que acabaría influyendo en intérpretes y agrupaciones de otros puntos de Tenerife.
Una de sus figuras fundamentales fue Sebastián Ramos, “El Puntero”, nacido en 1894 y considerado uno de los cantadores más importantes que ha dado el folclore de las islas. Su apodo señalaba directamente su procedencia y su voz quedó asociada a una forma de cantar reconocida por varias generaciones de folcloristas. El monumento situado en el mirador de Punta del Hidalgo recuerda hoy a quien llevó el nombre y los cantes de su pueblo por distintos lugares de Canarias.
La música también encontró continuidad dentro de su propia familia. Su sobrina Olga Ramos creció rodeada de cantadores y tocadores, aprendió de su padre, Manuel Ramos, y compartió folías y seguidillas con su tío Sebastián. A lo largo de su trayectoria no solo destacó como intérprete, sino también por su labor en la enseñanza del canto y el baile tradicional. Esa transmisión ha seguido en su hijo, José Manuel Ramos, heredero de una saga familiar estrechamente vinculada al folclore de La Punta y de Canarias.

A esa historia se suma Chago Melián, otra de las voces nacidas en Punta del Hidalgo que ha desarrollado una extensa trayectoria dentro de la música canaria. Perteneciente a una generación posterior, su carrera muestra que aquella relación del pueblo con la música no quedó limitada a una época determinada, sino que ha continuado encontrando nuevos intérpretes capaces de mantenerla presente.
En este mismo ambiente se encuentran también los primeros pasos de Los Sabandeños. La formación comenzó a gestarse en 1965 a partir de las reuniones de un grupo de jóvenes en Punta del Hidalgo y tomó su nombre de Sabanda, un lugar situado a la entrada del pueblo. Su posterior trayectoria y proyección internacional constituyen otra muestra de la influencia alcanzada por un entorno musical que había crecido durante años alrededor de las familias, las parrandas y los espacios de encuentro de La Punta.
Sebastián Ramos, Olga y José Manuel Ramos, Chago Melián y Los Sabandeños forman parte de etapas y trayectorias diferentes, pero permiten reconocer una misma continuidad. Detrás de sus nombres existe un pueblo en el que cantar, tocar y bailar fueron durante mucho tiempo formas habituales de reunirse, celebrar y conservar lo aprendido de quienes estuvieron antes.
Por eso, la música no ocupa un lugar secundario dentro de «Mar, música y montaña». Es una de las expresiones que mejor explica la personalidad de Punta del Hidalgo y su aportación a la cultura de las islas. La ruta permite acercarse a esa historia desde los lugares en los que comenzó, pero también escuchar los recuerdos de quienes conocieron sus parrandas, sus intérpretes y los espacios en los que aquella tradición fue tomando forma.
El recorrido no pretende condensar toda la historia del pueblo en un solo paseo. Su valor está en reunir algunos de los relatos que permiten comprenderlo y en abrir un espacio para que quienes participan aporten también sus propios recuerdos. La memoria oral resulta especialmente importante para conservar experiencias que no siempre aparecen en los documentos, pero que continúan vivas entre las familias y las calles de La Punta.

De esta forma, la ruta ofrece una lectura de Punta del Hidalgo que va más allá de sus piscinas naturales y su paisaje costero. El mar habla del trabajo, la espera y las historias de quienes vivieron ligados a él; la montaña conserva las huellas de un territorio sagrado y de las leyendas con las que el pueblo ha explicado su entorno; y la música revela un legado que, nacido en La Punta, terminó formando parte del folclore de toda Canarias.





